¿Qué es un reto? ¿Para qué sirve? ¿Cómo se lanza un reto? ¿Cuándo se propone un reto? ¿Por qué hago tantas preguntas?
Seguro que el párrafo anterior se ha leído en un breve período de tiempo, las frases seguidas, sin pausa, sin reflexión, sin cuestionarse. Se han leído como si fueran preguntas (retó)ricas que no esperan ser respondidas, ¿verdad? Ahora volvamos a las preguntas, pero presentadas de otra forma:
¿Qué es un reto?
¿Para qué sirve un reto?
¿Cuándo se propone un reto?
Seguro que ahora se ha parado a pensar un poco más. La culpa de ello la tiene nuestro cerebro: las rutas del lenguaje, el procesamiento de la imagen, la memoria semántica y un sin fin de funciones y enlaces neuronales que nos hacen ser animales tan complejos. El cerebro es una máquina que permite que seamos seres racionales, pero también sociales, comunicadores, emocionales…
Y es en esa emoción, donde se contextualiza la curiosidad, que es inherente al ser humano y supone una herramienta de gran potencial para la vinculación emocional con el aprendizaje. Párate a pensar un poco: ¿cuál es la mejor manera de despertar la curiosidad o la motivación? Seguro que es algo que te has planteado más de una vez.
Pues sí. Con retos, desafíos, problemas, con preguntas, en definitiva, sorprendiendo. Las preguntas, según se planteen, esperan una respuesta, y ahí está la clave de la motivación en el aula. Y ahora la siguiente cuestión es: ¿cómo se plantea correctamente una pregunta? La respuesta es amplia: variando el instrumento de presentación (recuerde que necesitamos sorprender). Una imagen, una canción, una obra de arte, una película, una poesía, un teatro, otro alumno…
La chispa que enciende el fuego es tan importante como el calor que emite la hoguera. ¡Seamos chispa!
